Artículo: La chiquita de papá entre nenúfares

La chiquita de papá entre nenúfares
Viajé a París después de la muerte de mi papá. Él había estudiado allí y regresar a esa ciudad era entrar en una parte de su juventud. Durante varios días caminé sin rumbo por el Barrio Latino. Me perdí entre sus calles, pero fui encontrando mi camino a través de las historias que él me había contado: la Sorbona, los lugares que frecuentaba y aquel París donde alguna vez fue joven.
Era como si sus recuerdos se hubieran convertido en mi mapa y él todavía estuviera guiándome por la ciudad.
Después llegué a Los nenúfares de Monet.
No era solamente un cuadro. Era un lugar en el que podía entrar y dejarme envolver por el agua, la luz, los reflejos y las flores que parecen flotar sin principio ni final. Allí no existe un horizonte que indique hacia dónde mirar. Uno simplemente se pierde…..
Y así es como yo entiendo el arte.
El arte no borra el dolor ni devuelve lo que hemos perdido, pero puede recibir todo aquello que no sabemos expresar. Lo transforma en color, en belleza, en silencio. Nos permite detenernos frente a lo que duele, contemplarlo de otra manera y encontrar, poco a poco, un lugar de paz.
Quizás por eso Monet quiso que sus nenúfares fueran un refugio y un símbolo de paz. Y quizás por eso yo llegué hasta ellos en un momento en el que también necesitaba encontrar la mía.
En París me perdí en las calles y me ubiqué siguiendo las historias de mi papá. Después me perdí en el arte y allí volví a encontrarme.
Ese viaje no hizo que dejara de extrañarlo, pero me ayudó a sanar y a aprender a vivir con su ausencia.
Porque, aunque pase el tiempo y la vida continúe, siempre seré la chiquita de papá.
